LA PROPIEDAD
INTELECTUAL COMO MORDAZA, de David Casacuberta.
Por David Casacuberta
En el puzzle de la Internet del futuro, hay una pieza clave que,
según
sea su forma o
aspecto, va a determinar el aspecto final que tome la imagen del
rompecabezas.
Esa pieza es la propiedad intelectual. Su sombra es exasperadamente
alargada
y
omnipresente.
La importancia que nuestro concepto de propiedad intelectual va a tener
a la hora
de considerar el desarrollo del software libre, la nueva
economía,
los clientes peer to peer y tantas
otras cosas está muy clara. Está menos divulgado el
ominoso
papel que este concepto puede tener
en el desarrollo de la libertad de expresión. De este tema vamos
a tratar en el artículo.
La primera línea de colisión entre estos derechos, y la
más
clara, es cuando los intereses más o
menos legítimos de preservación del copyright entran en
conflicto
con intereses más o menos
legítimos de libertad de expresión. En principio,
podría
parecer una situación extraña, pero en
realidad no lo es.
Vivimos cada vez más en un mundo virtual en el que nuestros
referentes
ya no son objetos
materiales sino marcas, personajes, imágenes y relatos. Los
papeles
encarnados por determinados
actores sirven para describir comportamientos y roles (pensemos si no
en
el uso de “Rambo” para
referirse a una persona militarista), y la realidad internacional viene
definida por lo que los medios de
comunicación de masas consideran relevante en un momento
dado.
Así pues, si uno quiere criticar cierta práctica social,
resultará inevitable recurrir a esas marcas,
imágenes y sonidos que, cada vez más, definen nuestro
mundo.
Es inevitable que en ese momento el
copyright se cruce con la libertad de expresión.
El ejemplo más claro es la incansable batalla de Mattel contra
los
artistas multimedia. La
responsable del enredo es la inevitable muñeca Barbie, que se ha
convertido en un importante
símbolo para criticar los hábitos culturales sexistas de
nuestra sociedad. A Mattel esta lucha le tiene
básicamente sin cuidado, pero sí le molesta terriblemente
que su preciada Barbie aparezca
disfrazada de Bin Laden o de Kate Moss. Podríamos llenar el
servidor
de Kriptópolis con todas las
demandas y amenazas de demanda que Mattel ha dispuesto contra artistas
visuales y diseñadores
gráficos que han modificado la imagen de la muñeca. La
estrategia
es ciertamente demoledora. La
mayoría de creadores alternativos no ven nada claro su futuro si
se han de enfrentar con los
abogados de Mattel y normalmente prefieren retirar sus creaciones de la
Red. Algunos han resistido,
pero no todos han ganado, ni mucho menos, y la batalla legal ha acabado
con la economía y las
energías mentales de la mayoría.
En este primer nivel de lucha, la censura no está buscada, sino
que viene a ser, como se dice en el
lenguaje políticamente correcto de las trincheras, un
“daño
colateral”. Mattel no tiene ningún interés
especial en censurar a nadie. Quizás hasta podría
compartir
parte de las críticas que plantea el
artista. El único problema es que la empresa quiere el control
total
de la imagen de la muñeca, y eso
es incompatible con su uso como símbolo del sexismo. Entramos
así
en un segundo nivel, mucho más
perverso, en el que la empresa usa a propósito la propiedad
intelectual
para censurar a un crítico.
Con estos casos podríamos llenar unos cuantos servidores como el
que aloja Kriptópolis: un artista,
un colectivo activista, una asociación de vecinos X decide
organizar
una campaña contra la empresa
Y. Es fácil que la campaña incluya un website. En ese
website,
inevitablemente acabarán
apareciendo los logos de la empresa en cuestión. Quizás
se
utilicen de forma paródica, o tal vez
estén simplemente incluidos para que sepamos de qué se
está
hablando. Como la empresa Y no
puede acusar de difamación a X –seguramente todo lo que se dice
en el website es verdad- y existe
el derecho a la parodia, lo más fácil es acusar a X de
violación
de copyright. Eso es objetivo y
fácilmente demostrable. La demanda entra en curso y, como en el
caso anterior, puede resultar tan
duro moral y económicamente mantener la demanda, que lo
más
sensato es desistir.
Como decía antes, los ejemplos son inmumerables; de hecho son
más
viejos que la WWW. El primer
caso de censura basada en propiedad intelectual es la campaña
que
organizó la Iglesia de la
Cienciología. Para acallar a una serie de tránsfugas de
la
secta que ofrecían en los grupos de
noticias fragmentos de sus cursos para iniciados para que la gente
viera
que son patrañas, la Iglesia
los acusó de divulgar material protegido por copyright. El
último
del que tengo noticia es de hace una
semana: un grupo de trabajadores descontentos decidieron organizar un
boicot
a la compañía aérea
Delta. El boicot incluía la venta de camisetas y tazas con el
slogan
de “Boycott Delta”, con un logo
que era el triángulo azul y rojo de Delta con un ojo divino
dentro.
Estos objetos se vendían a precio
de coste. La intención no era recaudar fondos, sino extender el
boicot con estos artilugios gráficos.
Como ya se imaginarán, Delta los demandó por abuso de
copyright
y, como se habrán imaginado
también, Delta ganó y todos esos productos de boicot han
sido confiscados.
Recientemente en este fascinante país de maravillas, hemos visto
una tercera vuelta de tuerca a este
sistema de mordaza de por sí ya retorcido: la SGAE, una agencia
supuestamente independiente y
cuya supuesta única función es proteger la propiedad
intelectual
de artistas (menos) y distribuidoras
(más) está llevando a cabo acciones de censura realmente
extraordinarias. Nos limitaremos a
comentar los dos casos más llamativos, que de todas formas han
sido
comentados abundantemente
en otros sitios.
www.aznar.net es una conocida página paródica alrededor
de
José María Aznar y el Partido
Popular. Recientemente, tuvo que retirar casi todas las músicas
que animaban el website bajo un
mandato de la SGAE al ser “productos protegidos por copyright” y
sustituirlo
por material de dominio
público, como marchas militares, etc. Más recientemente,
la web www.marcianos.net recibió un
mensaje de la SGAE advirtiéndoles de que si querían
mantener
una animación Flash inspirada en el
Aserejé de las Ketchup tendrían que pagar la friolera de
390 Euros mensuales en concepto de
derechos de autor. La tal animación es un montaje con el video
original
de las Ketchup e imágenes
de la reciente marea negra en Galicia, con una letra cambiada que
ironiza
sobre la forma en que el
gobierno llevó el tema.
El caso es peculiar por varias razones. Como en los demás, la
protección
de propiedad intelectual no
se sostiene. Hablamos de dos espacios en Internet sin ánimo de
lucro.
En el caso de aznar.net está
claro que detrás de, pongamos, el himno del PP no hay
ningún
modelo comercial detrás, y en el caso
del “Avertefué” –así se llama la parodia del
Aserejé-
las cantantes y su manager siempre han
declarado que en ningún momento han puesto en marcha
ningún
mecanismo judicial, ni han pedido a
la SGAE que actúe para nada. Se me ocurren dos opciones para
entender
este abuso de legislación.
O bien en la SGAE hay un simpatizante del PP con exceso de celo que ha
decidido iniciar su
cruzada particular contra los que critican a su amado partido, o bien
alguien,
en algún momento, ha
recibido órdenes precisas para intentar neutralizar las
críticas
de forma oblicua, al estar vedadas las
acciones directas. Podemos trazar paralelos con la extrema derecha de
Haider
y su “Partido de la
Libertad” en Austria. Para censurar una exposición en la que se
ridiculizaba a un miembro del
gobierno, se apeló al derecho de la intimidad de esa persona
para
retirar un par de cuadros de la
exposición. Básicamente eran cuadros donde
aparecía
disfrazado en nazi en situaciones sexualmente
comprometidas.
De nuevo tenemos una martingala legal pero, a diferencia de los casos
hispanos,
es el interesado
quien monta la demanda y no un organismo independiente, y el motivo de
la demanda coincide con el
objetivo real –retirar unas imágenes insultantes para un
político-
y no se disfraza con los intereses
artísticos de terceros. Me pongo a temblar al pensar que
mecanismos
político-mediáticos que
estaban vedados al mismísimo Heider se activan de manera simple
en este país nuestro “tan”
democrático.
Todos estos casos, desde Barbie al Avertefué, pasando la
Cienciología
y por Aznar (con y sin .net)
demuestran bien a las claras la necesidad de revisar nuestro concepto
de
propiedad intelectual. Los
logos de empresas como Delta, los himnos con connotaciones
políticas
como el “Cara al Sol” y las
canciones del verano son las letras del alfabeto simbólico de
este
siglo nuestro tan virtual y
mediático. De la misma forma que nadie puede poseer el alfabeto,
nadie debería impedir el uso
comunicativo, reivindicativo y activista del lenguaje visual de nuestra
época.
David Casacuberta,
publicat a www.kriptopolis.com
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