SIN COMPLEJOS, de Jabier Salutregi Mentxaka.

    A estas alturas nadie se escandalizará si se afirma desde aquí que EH se ha dado la gran costalada en lo que va de siglo, aunque tampoco se oculta que esta derrota barruntada no ha dejado a nadie de la cosmogonía abertzale el sabor del fracaso. Puestos a escrutar el ambiente anímico que nos rodea tras la contienda, lo que casi se palpa es que la sensación de amargura y de revés indisimulables emergen  más de entre las filas del nacionalismo español que de una izquierda abertzale que preveía, aunque quizás no tanto, el bajón de votos. Y es que en Euskal Herria las cosas no son como las pintan en España, y hete aquí que como resultado de las elecciones tenemos un país con un nacio- nalismo vasco más entreverado, más radical, más independentista y más peleón, hasta el punto de que ahora la gran duda no son ya los pactos pos-electorales, sino el comportamiento de un PNV inundado de votos abertzales por todas partes menos por su cabeza institucional  sus demonios familiares. Definitivamente el PNV es «aberriano» y sólo queda saber si Arzalluz, tal y como sostiene, «piensa como el partido».

   Son diferentes los factores que explican la debacle de EH, una formación que ha sido vencida con sus votos. Y todos y cada uno de ellos son importantes puntos que esta formación política debe estudiar sin complejos y en profundidad, desechando a todos aquellos que huyan de la realidad bajo el falso y habitual estribillo de que «no importan los votos». Importan, pues de lo contrario no se concurre. Importan y es preciso, en el sosiego de la intimidad política, que los dirigentes de la izquierda abertzale se arremanguen, discutan, debatan y lleguen hasta el final, para después aplicar con rigurosidad las soluciones que se deriven.

   Y este camino a emprender necesariamente, ni debe tomar el rumbo de la autodestrucción, ni debe soslayar temas tabú. La izquierda abertzale necesita medirse en su nueva realidad y debe medir sus recorridos en unas y otras circunstancias; constatar que a pesar de que son muchos los factores que han concurrido para su descenso, son pocos los elementos que debe cambiar para tomar la vía del ascenso.

   Estas elecciones han llegado tras una ruptura de una tregua que fue capitalizada casi en su totalidad por EH, es por ello lógico que la vuelta de la violencia restara protagonismo a esta formación, y más si tenemos en cuenta que desde el primer momento se le culpabilizó de aquella decisión que nunca fue suya, lo que habría propiciado en estas autonómicas el voto del berrinche: miles de ciudadanos han votado encasquetados por su desilusión. Y hay que constatar en este sentido que mientras las torturas, las palizas, la represión y las detenciones al por mayor se difuminan y silencian para que no sobrevuele por encima de la ciudadanía, la lucha armada está pesando cada vez más, en tanto que se está llegando a límites nunca antes alcanzados, tanto desde el punto de vista de los objetivos de las propias acciones, como desde las respuestas audiovisuales, dimensionales y escenificadas por los medios de comunicación en beneficio del poder.

   Tampoco parece que haya ayudado a ganar votos en estas elecciones la decisión de no asistir a las instituciones, y aunque durante la campaña quedó claro el mensaje de la utilidad que se le iba a dar al apoyo electoral, quizás muchos se inclinaron por cerciorarse con absoluta seguridad de que su voto sirviera para parar los pies al nacionalismo español. Esto lleva a pensar que la campaña de EH no ha sido la mejor, pues no ha sabido calar ni transferir su discurso coherente y diferenciador entre el proyecto soberanista que defiende, y el bosquejo ­que no proyecto­ planteado por PNV-EA mediante una dialéctica, eso sí, de claras connotaciones del abertzalismo radical y que daban respuesta a la bipolaridad que desde España se imponía.

   El factor sociológico tampoco debe ser despreciado como elemento a tener en cuenta a la hora de sopesar el resultado, pues es innegable que el PNV se ha abertzalizado hasta el punto de poder encandilar con su discurso a votantes de la izquierda abertzale. Y esto, aunque suene a sarcástica paradoja, además de un éxito de la izquierda abertzale, es un regalo envenenado para el partido de Arzalluz, que se va a ver sometido a una auténtica liposucción de sus «michelines» habituales. Los grandes defensores del autonomismo y estatutismo harán más ruido en los medios de comunicación españoles, pero son ya franca minoría y bueno sería que les regalaran un vídeo de la noche electoral, sobre todo esa parte donde Begoña Errazti y los reunidos en el hotel de Gasteiz coreaban al unísono «independentzia», «independentzia». Dicho de otro modo: ganó el no a la Constitución y el no al Estatuto con el que Ibarretxe, no obstante, ha comenzado a marearnos otra vez.

    También desde el área sociológica, para comprender y adecuar el discurso, se debe profundizar en todo lo referente a la evolución habida hacia el bienestar en todos los sectores de Euskal Herria. Mientras el perfil del votante del PNV-EA ha ido inclinándose hacia posturas más radicales y abertzales, los de EH han variado hacia posturas más laxas, de tal manera que cuando se plantean unos comicios en los que se dilucida «el no pasarán» a los fascistas, los votos se entreveran porque la elección se hace reflejo de nación por encima de siglas.

    No debe estar lejos de una reflexión pos-electoral el tiempo de encrucijada en el que se ha celebrado la consulta autonómica, un momento en el que no ha acabado de consolidarse el proce- so Batasuna lo que, lógicamente, ha permitido que todos sus damnificados hayan tenido la ocasión de desfogarse y desquitarse con su voto en una acto que se asemeja a la venganza del chinito. No faltó de entre ellos quien, impaciente por demostrarlo, corrió en la noche electoral para demostrar su adhesión inquebrantable.

    Tampoco cabe ninguna duda sobre la identidad de quienes han sido los perdedores profundos en estas elecciones, aquellos que apostaron por la devastación de la identidad y del nacionalismo vascos y, por encima de ellos los medios de comunicación que ahora patalean por el inaudito hecho ­verdaderamente inusual­ de que la realidad les ha destrozado todos sus titulares. Lo sorprendente es que estos medios mantengan sus ventas si tenemos en cuenta que es absoluto el divorcio entre su pensamiento y el de la mayoría de la sociedad vasca.

    No obstante, las dudas se centran en si Ibarretxe, que ha comenzado con unos gestos que le configuran como una calcomanía de Ardanza, va a olvidar los ejes principales en los que se ha forjado su victoria electoral: la resolución del conflicto y el soberanismo.

    Y es que definitivamente, el PNV ha vuelto a su estado favorito: a la ambigüedad y a la licantropía que le convierte en abertzale a la luz nocturna de los batzokis y en estatutista cuando le da el sol de Madrid. *

    Posdata: A quienes decidieron desperdiciar su voto: si los 600.000 votos del PNV los hubiera conseguido Arnaldo Otegi, en mi humilde opinión, el fin de la lucha armada podría estar asegurado. En manos de Ibarretxe, no aseguran nada.

Jabier Salutregi Mentxaka * Director de "Egin"
Gara, 20-05-01
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GORA EUSKADI, de Isabel-Clara Simó.

   Per acabar amb la violència al País Basc el pla del PP era: lluitar aferrissadament contra l’esca del pecat, és a dir el DNI basc; 13.000 apoderats i interventors van vetllar diumenge perquè cap ciutadà es contaminés d’aquest perillós virus; ETA hauria d’haver quedat molt tocada amb aquesta mesura; 2) evitar que el PNB torni a governar, perquè, en ser nacionalistes  bascos, estan donant la raó als independentistes, i, per tant, als violents; aniquilar el PNB havia de ser un gol segur contra els etarres per aquest sorites (sil·logisme encadenat); 3) que sigui el govern de Madrid qui governi el País Basc, i , més concretament, el seu ministre de l’Interior, davant la qual cosa, els etarres haurien de tremolar espaordits.

   Aquestes tres revolucionàries formes de combatre ETA, però, tenen un minúscul defecte: que totes tres ja les va experimentar Franco, amb escreix, i el resultat és no sols no haver acabat amb ETA, sinó fer-la crèixer i consolidar-la. Afegim-hi que el candidat ho ha provat insistenment des del ministeri amb un resultat absolutament advers.

   Com que això ho sap tothom, excepte la Moncloa, i ho saben molt en especial els bascos, ningú no s’ha empassat el cambio del PP ni el pacte antinatura amb els socialistes bascos, i els resultats electorals ho reflecteixen amb total contundència. La nit de diumenge les cares d’alguns locutors i locutores de determinades cadenes eren el reflex d’una patètica decepció. L’autisme polític es paga.

   Cal suposar que Nicolás Redondo, que tant pèssima interpretació ha fet del que significa el socialisme, serà devorat pels mateixos socialistes, disposats a dissimular l’explícita marrada a la dreta, però no si va acompanyada de fracàs; i cal suposar que el pobre Mayor Oreja serà sacrificat per Aznar, un home que no sap digerir una derrota. Ara bé, en una cosa sí que té Raó Mayor Oreja: és cert que ell ha contribuït a la gran baixada electoral de EH. El vot útil al PNB de molts independentistes és perfectament comprensible: l’ha ocasionat la por al PP, la por a Mayor.

   La pregunta és: quants diners ens ha costat, indirectament, Mayor Oreja i la campanya del PP al País Basc? I com poden explicar-nos, sense morir-se de vergonya, que la formidable bateria d’insults i la Brunete mediàtica no hagin servit de res? Cero patatero, senyor Aznar!

Isabel-Clara Simó
Avui, 16-05-01

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DERECHOS DEL TRABAJADOR, ¿UN TEMA PARA ARQUEÓLOGOS?, de EDUARDO GALEANO.

Eduardo Galeano, escritor y periodista uruguayo, es autor de Las venas abiertas de América Latina y Memorias del fuego. © Comunica-IPS.

   Más de noventa millones de clientes acuden cada semana a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992 la medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de Estados Unidos.

   Uno de cada cuatro adultos norteamericanos y nueve de cada diez niños engullen en McDonald's la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald's son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicarse. En Malaisia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El Gobierno de Malaisia declaró union free (libre de sindicatos) el sector electrónico. Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las 190 obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson y los Muppets.

    Bush y Gore coincidieron, durante la campaña electoral del año pasado, en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales. 'Nuestro estilo de trabajo', como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta. La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil años para ganar lo que gana en un año un ejecutivo de Nike en Estados Unidos, y que un obrero de la IBM en Filipinas fabrique computadoras que él no puede comprar.

    Es la continuación de la época colonial en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos computadoras o instrumentos de alta tecnología, además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.

    Desde 1919 se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de esos 183 acuerdos, Francia ratificó 115; Noruega, 106; Alemania, 76, y Estados Unidos... 14. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país, que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley, es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir 'cláusulas sociales' y de 'protección ambiental' en los acuerdos de libre comercio. ¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?

     Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Cor-poration y del consorcio Proc- ter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes: en idioma tecnocrático, se indigna contra 'la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales'. Traducido, eso significa: arrojemos de una buena vez al tacho de la basura toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: 'Para competir, hay que exprimir los limones'. Los hechos son los hechos.

    Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa. De los 81 obreros de Petrobrás muertos en accidentes de trabajo en los últimos tres años, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad. A través de 300 empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un Estado que, en nombre del socialismo, se ocupa de la disciplina de la mano de obra: 'Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social para asegurar un clima favorable a los inversores', explicó recientemente Bo Xilai, secretario general del Partido Comunista Chino en uno de los mayores puertos del país.

    El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden: a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por dos siglos de luchas obreras en el mundo. Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman sweat shops (talleres del sudor), crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en Argentina están 'en negro', sin ninguna protección legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América Latina corresponden al 'sector informal', un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?

      En el mundo al revés, la libertad oprime: la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costes de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un 'obstáculo interno', para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que hace año y medio explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que  'hemos eliminado los obstáculos internos'? Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo e domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.

Lunes, 7 de mayo de 2001,  EL PAIS.

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