SER COMO ELLOS,
de Eduardo Galeano.
Este es un
libro impresionante. Denuncia la explotación,
discriminación y sumisión de los indígenas
americanos
bajo la ocupación del hombre blanco occidental; por parte del
capitalismo,
de los colonialistas y por parte también de las actuales
"democracias".
Hecho con amor hacia la tierra y las personas, sus culturas y sus
expresiones.
Dionís
TC.
El asombro de un escritor.
Ésta es una región del mundo gravemente
enferma de
bobería y copianditis. Desde hace cinco siglos, está
entrenada
para escupir al espejo: para ignorar y despreciar lo mejor de sí
misma.
La historia real de América Latina, y de
América
toda, es una asombrosa fuente de dignidad y de belleza, pero la
dignidad
y la belleza, hermanas siamesas de la humillación y el horror,
rara
vez asoman en la historia oficial. Los vencedores, que justifican sus
privilegios
por el derecho de herencia, imponen su propia memoria como memoria
única
y obligatoria. La historia oficial, vitrina donde el sistema exhibe sus
viejos disfraces, miente por lo que dice y más miente por lo que
calla. Este desfile de héroes enmascarados reduce nuestra
deslumbrante
realidad al enano espectáculo de la victoria de los ricos, los
blancos,
los machos y los militares.
El coro
Los de arriba, copiones de los de afuera, desprecian a los
de abajo
y adentro: el pueblo es el coro del héroe. Los "ignorantes" no
hacen
las historia: la reciben hecha.
Poco o ningún espacio ocupan, en los
textos
que enseñan el pasado americano, las rebeliones indígenas
que fueron continuas desde 1493, y las rebeliones negras,
también
continuas desde que Europa realizó la hazaña de
establecer
la esclavitud hereditaria en América.
Para los usurpadores de la memoria, para los
ladrones
de la palabra, esta larga historia de la dignidad no es más que
una sucesión de actos de mala conducta. La lucha por la libertad
empezó el día que alzaron su espada los próceres
de
la independencia; y esa lucha concluyó cuando los doctores
redactaron,
en cada país recién nacido, una bella Constitución
que negaba todos los derechos al pueblo que había puesto los
muertos
en el campo de batalla.
De espaldas a la vida.
(…) La conquista continua, en toda América, de norte
a sur,
y contra los indios vivos continúan los desalojos, los saqueos y
las matanzas. Y continúa el desprecio: los medios modernos de
comunicación,
que difunden el desprecio, enseñan el auto-desprecio a los
vencidos:
en plena época de la televisión, los niños indios
juegan a los cow-boys, y es raro encontrar quien quiera hacer el papel
de indio.
Cinco siglos de prohibición del arcoiris en el cielo
americano.
El Descubrimiento: el 12 de octubre de 1492, América
descubrió
el capitalismo. Cristóbal Colón, financiado por los reyes
de España y los banqueros de Génova, trajo la novedad a
las
islas del mar Caribe. En su diario del Descubrimiento, el almirante
escribió
139 veces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o Nuestro
Señor.
Él no podía cansar los ojos de ver tanta lindeza en
aquellas
playas, y el 27 de noviembre profetizó: tendrá toda la
cristiandad
negocio en ellas. Y en eso no se equivocó. Colón
creyó
que Haití era Japón y que Cuba era China, y creyó
que los habitantes de China y Japón eran indios de la India;
pero
en eso no se equivocó.
Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la
cristiandad,
ha sido aniquilada una tercera parte de las selvas americanas,
está
yerma mucha tierra que fue fértil y más de la mitad de la
población come salteado. Los indios, víctimas del
más
gigantesco despojo de la historia universal, siguen sufriendo la
usurpación
de los últimos restos de sus tierras, y siguen condenados a la
negación
de su identidad diferente. Se les sigue prohibiendo vivir a su modo y
manera,
se les sigue negando el derecho de ser. Al principio el saqueo y el
otrocidio
fueron ejecutados en nombre dl Dios de los cielos. Ahora se cumplen en
nombre del dios del Progreso.
Sin embargo, en esa identidad prohibida y
despreciada
fulguran todavía alguna claves de otra América posible.
América,
ciega de racismo, no las ve.
(…)
Matar al indio y salvar al hombre, aconsejaba el piadoso
coronel
norteamericano Henry Pratt. Y muchos años después, el
novelista
peruano Mario Vargas Llosa explica que no hay más remedio que
modernizar
a los indios, aunque haya que sacrificar sus culturas, para salvarlos
del
hambre y de la miseria.
La salvación condena a los indios a
trabajar
de sol a sol en minas y plantaciones, a cambio de jornales que no
alcanzan
para comprar una lata de comida para perros. Salvar a los indios
también
consiste en romper sus refugios comunitarios y arrojarlos a las
canteras
de mano de obra barata en la violenta intemperie de las ciudades, donde
cambian de lengua y de nombre y de vestido y terminan siendo mendigos y
borrachos y putas de burdel. O salvar a los indios consiste en ponerles
uniforme y mandarlos, fusil al hombro, a matar a otros indios o a morir
defendiendo al sistema que los niega. Al fin y al cabo, los indios son
buena carne de cañón: de los 25 mil indios
norteamericanos
enviados a la segunda guerra mundial, murieron diez mil.
El 16 de diciembre de 1492, Colón lo
había
anunciado en su diario: los indios sirven para les mandar y les hacer
trabajar,
sembrar y hacer todo lo que fuere menester y que hagan villas y se
enseñen
a andar vestidos y a nuestras costumbres. Secuestro de los brazos, robo
del alma: para nombrar a esta operación, en toda América
se usa, desde los tiempos coloniales, el verbo reducir. El indio
salvado
es el indio reducido. Se reduce hasta desaparecer: vaciado de
sí,
es un no-indio, y es nadie.
(…)
Para despojar a los indios de su libertad y de sus bienes,
se despoja
a los indios de sus símbolos de identidad. Se les prohibe cantar
y danzar y soñar a sus dioses, aunque ellos habían sido
por
sus dioses cantados y danzados y soñados en el lejano día
de la Creación. Desde los frailes y funcionarios del reino
colonial,
hasta los misioneros de las sectas norteamericanas que hoy proliferan
en
América Latina, se crucifica a los indios en nombre de Cristo:
para
salvarlos del infierno, hay que evangelizar a los paganos
idólatras.
Se usa al Dios de los cristianos como coartada para el saqueo.
El arzobispo Desmond Tutu se refiere al África, pero
también
vale para América:
-Vinieron. Ellos tenían la Biblia y
nosotros
teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y
cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros
teníamos
la Biblia.
(…)
¿Civilización? La historia cambia
según la voz
que la cuenta. En América, en Europa o en cualquier otra parte.
Lo que para los romanos fue la invasión de los bárbaros,
para los alemanes fue la emigración hacia el sur.
No es la voz la que ha contado, hasta ahora, la
historia
de América. En las vísperas de la conquista
española,
un profeta maya, que fue boca de los dioses, había anunciado: Al
terminar la codicia, se desatará la cara, se desatarán
las
manos, se desatarán los pies del mundo. Y cuando se desate la
boca,
¿qué dirá? ¿Qué dirá la otra
voz, la jamás escuchada?
Desde el punto de vista de los vencedores, que
hasta
ahora ha sido el punto de vista único, las costumbres de los
indios
ha confirmado siempre su posesión demoníaca o su
inferioridad
biológica. Así fue desde los primeros tiempos de la vida
colonial:
¿Se suicidan los indios de las islas del
mar
Caribe, por negarse al trabajo esclavo? Porque son holgazanes.
¿Andan desnudos, como si todo el cuerpo
fuera
cara? Porque los salvajes no tienen vergüenza.
¿Ignoran el derecho de propiedad, y
comparten
todo, y carecen de afán de riqueza? Porque son más
parientes
del mono que del hombre.
¿Se bañan con sospechosa
frecuencia?
Porque se parecen a los herejes de la secta de Mahoma, que bien arden
en
los fuegos de la Inquisición.
¿Jamás golpean a los niños,
y
los dejan andar libres? Porque son incapaces de castigo ni doctrina.
¿Creen en los sueños, y obedecen a
sus
voces? Por influencia de Satán o por pura estupidez.
¿Comen cuando tienen hambre, y no cuando
es
hora de comer? Porque son incapaces de dominar sus instintos.
¿Aman cuando sienten deseo? Porque el
demonio
los induce a repetir el pecado original.
¿Es libre la homosexualidad?¿La
virginidad
no tiene importancia alguna? Porque viven en la antesala del infierno.
(…)
Fin de la historia. El tiempo se jubila, el mundo
dejará de
girar. Mañana es otro nombre de hoy. La mesa está
servida,
y la civilización occidental no niega a nadie el derecho de
mendigar
las sobras.
Ronald Reagan despierta y dice: “la guerra
fría
acabó. Hemos ganado”. Y Francis Fukuyama, un funcionario del
Departamento
de Estado, gana súbitamente éxito y fama descubriendo que
la guerra fría es el fin de la historia. El capitalismo, que
dice
llamarse democracia liberal, es el puerto de llegada de todos los
viajes,
"la forma final de gobierno humano".
Horas de gloria. Ya no existe la lucha de clases
y
al Este ya no hay enemigos, sino aliados. El mercado libre y la
sociedad
de consumo conquistan el consenso universal, que había sido
demorado
por el desvío histórico del espejismo comunista. Como
quería
la Revolución Francesa, ahora somos todos libres, iguales y
fraternales.
Y todos propietarios. Reino de la codicia, paraíso terrenal.
Como Dios, el capitalismo tiene la mejor opinión de
sí
mismo, y no duda de su propia eternidad.
(…)
Preocupado por el Colesterol, olvidado del hambre, el Norte
practica,
sin embargo la caridad. La madre Teresa de Calcuta es más
eficiente
que Carlos Marx.La ayuda del Norte al Sur es muy inferior a las
limosnas
solemnemente comprometidas ante las Naciones Unidas, pero sirve para
que
el Norte coloque la chatarra de guerra, mercancías sobrantes y
proyectos
de desarrollo que subdesarrollan al Sur y multiplican la hemorragia
para
curar la anemia.
Mientras tanto, en los últimos cinco
años,
el Sur ha donado al Norte una suma infinitamente mayor, equivalente a
dos
planes Marshall en valores constantes, por conceptos de intereses,
ganancias,
royalties y diversos tributos coloniales. Y mientras tanto, los bancos
acreedores del Norte destripan a los Estados deudores del Sur, y se
quedan
con nuestras empresas públicas a cambio de nada.
Menos mal que el imperialismo no existe. Ya nadie
lo
menciona: por tanto, no existe. También esta historia se
acabó.
“Ser como ellos y otros artículos”; E.Galeano;
Siglo XXI;
1992.
-ÍNDEX.
-ALTRESTEXTOS. |