| CÓMO
NOS VENDEN LA MOTO, de N. Chomsky e I. Ramonet.
Otro genial libro en el
que N.Chomsky
nos habla de lo que se oculta tras los eslóganes de este sistema
llamado "democrático", y donde también Ignacio Ramonet
informa
de las nuevas técnicas de control del pensamiento y del control
social. Veamos aquí algunos fragmentos. Dionís TC.
-EL CONTROL DE LOS MEDIOS DE
COMUNICACIÓN,
de N.Chomsky.
(...) Así pues,
en una
democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase
especializada,
los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que
significa
que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el
rebaño desconcertado también con una función en la
democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores
en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que
estamos
hablando de una democracia, estos últimos llevan a
término
algo más que una función: de vez en cuando gozan del
favor
de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de
la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos
que seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una
democracia
y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga
y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se
espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la
acció, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una
democracia
que funciona como Dios manda.
(...) Así, tenemos un
sistema
educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres
responsables,
a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad
acerca
de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que
este
mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo,
podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto
del rebaño desconcertado básicamente habrá que
distraerlo
y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie
se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen
todos
en su función de espectadores de la acción, liberando su
carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre
los
que tienen a su disposición para elegir.
(...) Los individuos tienen que estar
atomizados,
segregados y solos; no puede ser que pretendan organizarse, porque en
ese
caso podrían convertirse en algo más que simples
espectadores
pasivos.
(...) Los empresarios pusieron a
prueba una
nueva técnica de destrucción de las organizaciones
obreras,
que resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo que sembraran
el terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy
práctico,
sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes de
propaganda.
La cuestión estribaba en la idea de que había de
enfrentar
a la gente contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se
presentó
a estos como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la
sociedad,
y contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros,
los
del empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos
nosotros.
Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el orgullo
de ser americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos
huelguistas
malvados de ahí afuera son subversivos, arman jaleo, rompen la
armonía
y atentan contra el orgullo de América, y hemos de pararles los
pies... El Ejecutivo de una empresa y el chico que limpia los suelos
tienen
los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el
país
y en armonía, con simpatía y cariño los unos por
los
otros. Este era, en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo
para
hacerlo público; después de todo, estamos hablando del
poder
financiero y empresarial, es decir, el que controla los medios de
información
y dispone de recursos a gran escala, por lo cuál
funcionó,
y de manera muy eficaz. Más adelante este método se
conoció
como la fórmula Mohawk Valley, aunque se la denominaba
también
métodos
científicos para impedir huelgas.
(...) Estamos todos juntos, en torno
a eslóganes
vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no
habrá
gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus
discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo
este
tipo de cosas.
(...) De hecho, tienen una idea de lo
que debería
ser la democracia: un sistema en el que la clase especializada
está
entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños
de
la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva
de
toda forma de organización para evitar así los problemas
que pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían
que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje,
que no es otro que el que dice que lo único que tiene valor en
la
vida es poder consumir cada vez más y mejor y vivir igual que
esta
familia de clase media que aparece en la pantalla y exhibir valores
como
la armonía y el orgullo americano. La vida consiste en esto.
(...) En los años sesenta
apareció
una nueva ola de disidencia, a la cual la clase especializada le puso
el
nombre de crisis de la democracia. Se consideraba que la
democracia
estaba entrando en una crisis porque amplios segmentos de la
población
se estaban organizando de manera activa y estaban intentando participar
en la arena política.
(...) Y así,
precisamente
con Bush, se empezó a utilizar a los terroristas
internacionales,
a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o Sadam
Husein,
el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo. Han tenido que hacerles
aparecer a uno tras otro, asustando a la población,
aterrorizándola,
de forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando cualquier iniciativa
del poder. Así se han podido alcanzar extraordinarias victorias
sobre Granada, panamá, o algún otro ejército del
Tercer
Mundo al que se puede pulverizar antes siquiera de tomarse la molestia
de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio, ya que nos hemos
salvado
en el último momento.
-PENSAMIENTO ÚNICO Y NUEVOS
AMOS DEL
MUNDO, de Ignacio Ramonet.
(...) En el transcurso de los
años treinta
y cuarenta, los estados totalitarios -fascistas y estalinistas- fueron
acusados de adoctrinar a los niños, sugestionarlos y volverlos,
si fuera el caso, contra sus propios padres. Los refinamientos de la
propaganda
y su eficacia llevaban a preguntase con horror: ¿Podemos
convertirnos,
por el efecto imperceptible de la persuasión, en lo contrario
que
somos?¿Hay un Mr. Hyde dormitando fatalmente en nosotros que una
hábil propaganda parece que tuviera el poder de despertar?
Preguntas
psicológicamente impresionantes y políticamente
inquietantes,
alas que desde los años treinta han tratado de responder George
Orwell, Thomas Mann, Theodor Adorno, Walter Benjamin... Ellos
veían
en el desarrollo de los grandes medios eléctricos de
comunicación
de masas -micrófono, altavoz, disco, radio, cine-
técnicas
temibles para dominar e imponer un pensamiento administrado.
(...) La advertencia de Huxley no
ha
sido escuchada y las intervenciones que se efectúan hoy para
condicionar
al pequeño humano van incluso más allá del
nacimiento.
Los progresos actuales de la biogenética permiten, en efecto,
estar
informado, desde la concepción, del estado general del feto, de
su sexo y de sus posibles deformaciones o enfermedades. La existencia
de
estas, reveladas por la ecografía, pueden conducir a interrumpir
la gestación; la manipulación de ciertos genes ya permite
evitar graves enfermedades invalidantes. ¿Hasta dónde se
puede llegar por este camino? Los criterios mercantiles de la
ideología
de las ganancias, ¿son pertinentes en este ámbito? Todos
sentimos que no, que eso sería una vía abierta al
eugenismo,
a elegir el bebé por el catálogo en función de las
modas y los argumentos del mercado. (...) Los delirios más
extravagantes
en materia de genética se vuelven en adelante
técnicamente
posibles.
El abismo entre la
racionalidad
y la publicidad se ha ahondado tanto ahora [escribe el ensayista
americano
Neil Postman] que es difícil recordar que alguna vez haya
existido
relación entre ellas. Hoy, en la televisión publicitaria,
las proposiciones de lógica son tan raras como la gente fea. La
cuestión de saber si el publicista dice la verdad o no, ni
siquiera
se plantea. Un anuncio de Mc Donalds, por ejemplo, no es una serie de
aserciones
verificables y presentadas con lógica. Es una puesta en escena
-una
mitología si se quiere- de gente muy guapa, vendiendo, comprando
y comiendo hamburguesas y ostentando una felicidad de éxtasis.
No
se hace ninguna afirmación si no son las que los telespectadores
proyectan sobre la escena o deducen de ella. Un anuncio puede gustar o
no gustar. No se puede refutar.
(...) El diario televisado,
principalmente
gracias a su ideología de lo directo y del tiempo real, ha ido
imponiendo
poco a poco un concepto radicalmente distinto de la información.
Informar es, desde entonces, mostrar la historia en marcha o,
más
concretamente, hacernos asistir en directo al acontecimiento.
(...)
En última instancia, el periodista mismo está de
más
en este cara a cara del espectador y la historia. El objetivo
prioritario
para el ciudadano, su satisfacción, ya no es comprender el
alcance
de un acontecimiento, sino simplemente verlo, mirar cómo se
produce
bajo sus ojos. Esta coincidencia es considerada como feliz. De este
modo
se establece, poco a poco la engañosa ilusión de que ver
es comprender. (...) Cuando la información moderna se funda en
la
idea de que ver es comprender, contribuye a una formidable
regresión
intelectual que nos hace volver varios siglos atrás, a la era
prerracional.
(...) Ahora, un hecho es verdad no
porque corresponda
a criterios objetivos, rigurosos y verificados en sus fuentes, sino
sencillamente
porque otros medios de comunicación repiten las mismas
afirmaciones
y confirman. (...) Los medios de comunicación ya no saben
distinguir, estructuralmente, lo verdadero de lo falso.
(...) Es un error
mayúsculo, por
tres razones: primero, porque el informativo televisado, estructurado
como
una ficción, no está hecho para informar, sino para
distraer.
A continuación, porque la sucesión rápida de
noticias
breves y fragmentadas (unas veinte por cada telediario) produce un
doble
efecto negativo de sobreinformación y desinformación. Y,
finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión
que tiene que ver con el mito publicitario más que con la
movilización
cívica. Informarse cansa y a este precio el ciudadano adquiere
el
derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.
(...) Ni el Sr. Ted Turner de CNN, ni
el Sr.
Rupert Murdoch de News Corporation Limited, ni el Sr. Bill Gates, de
Microsoft,
ni el Sr. Jeffrey Vinik, de Fidelity Investments, ni el Sr. Larry Rong,
de China Trust&International Investment, ni el SR. Robert Allen, de
ATT, no más que el Sr. Soros o decenas de otros nuevos amos del
mundo, han sometido nunca sus proyectos a sufragio universal. La
democracia
no es para ellos. Se consideran por encima de estas interminables
discusiones
en las que conceptos como el bien público, la felicidad
social, la libertad, la igualdad y la solidaridad,
tienen todavía sentido. No tienen tiempo que perder. Su dinero,
sus productos y sus ideas atraviesan sin obstáculos, en la era
de
la globalización, las fronteras del mercado mundializado.
A sus ojos, el poder
político
no es sino el tercer poder. Antes está el poder económico
y luego el poder mediático. Y cuando se posee esos dos, como
bien
ha demostrado en Italia el Sr. Berlusconi, hacerse con el poder
político
no es más que una formalidad.
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Cómo nos venden la
moto; N.Chomsky
e I. Ramonet; Ed. Icaria; Barcelona 7ª edición, 1998.
-ÍNDEX
-ALTRES
TEXTOS.
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