| ¡NO
SE LAVE TANTO! VERÁ QUÉ BIEN, de A.García Calvo.
Esté V. atento, y,
especialmente,
esté V. atenta: con cada nueva loción, con cada nueva
fricción,
con cada nuevo artilugio sanitario, le están matando el olor, le
están matando la esencia. Debe V. saber que vivimos bajo un
Imperio
que tiene como fin y plan convertirlo a usted en dinero puro, que ni
viva
ni sienta, y está ese Imperio, por ello mismo, poseído de
una saña furibunda contra eso que le hacen a V. llamar "mi
cuerpo",
y por lo tanto le ordena a V. por todos los Medios fregarlo,
refregarlo,
desodorarlo, untarlo de ponzoñas, arrancarle la flor de la piel
y los sudores: en fin, aniquilarlo. Todo ello, como se suele, bajo
pretesto
de que es por su bien de usted, y que a V., puesto que obedece y lo
hace
y se lava y baña y ducha y unta y restriega a trochemoche, es
que
le gusta a Usted. Para que vea que no puede V. fiarse de sus gustos de
V. ni de sus votos, cuando tan claramente coinciden con las
órdenes
de Arriba y las necesidades del Mercado.
¿Se ha fijado V. en lo que ha
llegado
a ser la promoción del sanitario y de los productos de limpieza,
en cómo las viviendas de los millonarios y las estrellas de los
hoteles se gradúan por la cantidad y el progreso de los
sanitarios
de que están dotados, en cómo los anuncios televisivos,
después
del popó, van a eso sobre todo, que parece que no sirve
más
que para desodorarse, ducharse, untarse algo de marca y volverse a
duchar
implacablemente, y en fin, que, si dejara V. de lavarse un poco, se iba
a hundir en dos días el Mercado todo y el Imperio?
El pretesto principal que se
manejó
para llegar a esta bárbara invasión fue el de la Higiene,
una peste del mundo que el Desarrollo le debe a la iniciativa de las
damas
británicas de hace siglo y medio, no a las altas
aristócratas
inglesas, que esas probablemente se lavaban igual de poco que las de
otros
sitios (tal vez ni siquiera habían adoptado de las francesas la
istitución del bidé, que, atacando directamente a lo
más
sagrado de las mujeres, daba inicio a todo este proceso). Pero, una vez
que la colonización lanzaba señoras de coroneles a
residir
en sitios como la India o Tanganika, ya el proceso estaba desatado: la
obsesión de la plumbery, de las istalaciones sanitarias
en
junglas y desiertos, el terror de los germs, enseguida
ratificados
como 'microbios' por la Ciencia, luego perfeccionados como 'virus', la
adoración de la limpieza a todo trapo, el miedo de que un cuerpo
pudiera oler a algo, más que a productos de droguería, en
fin, la Higiene como enseña de la civilización
triunfante.
Ese pretesto, higiénico y científico, era falso, por
supuesto:
bien ha visto V. como la Higiene genera nuevas suciedades y sus nuevas
pestes; y por debajo de la Ciencia, lo que había era, como
siempre,
religión:
la persistencia, bajo nuevas formas, de la absolución penitente
de nuestros pecados, que no son de V. ni de nadie, sino acaso de Dios
mismo
que lo manda. Pero ello es que, con tal pretesto, lo han sometido a V.
a este régimen bajo el que sufre V. pasión, que ya no
puede
vivir limpio ni por casualidad, sino limpiado costantemente: cuando el
Trabajo corre peligro de dejar al descubierto su falta de necesidad,
¡sean
trabajo la Higiene y el Deporte!, ¡démosle leña al
cuerpo con cualquier motivo!
Y no se nos oculta señor,
señora,
que no es fácil para V. escaparse ahora de tal dominio: cuando a
uno lo han sometido desde pequeño al refriegue y odio de su
piel,
la piel acaba abandonando sus sabios medios de limpieza; y si deja V.
ahora
de repente de lavarse, a lo mejor hasta huele mal. Recuerdo a mi
tía
Augusta, cuando andaba de maestra, años 40 y 50, por los pueblos
de España, que, junto a sus muchas y benditas virtudes, era
también
una ferviente propagadora de la Higiene, y resultaba que, una vez que a
los niños y niñas del pueblo empezaba a obligarlos a
lavarse,
se encontraba ella con que era entonces, al privarlos de la sabia
capita
de sus pieles, cuando empezaban de veras a estar sucios y hasta a oler
mal los pobrecillos; así como acaso V. recuerda que, cuando en
los
pueblos hacían estiércol y había muladares,
aquello
no olía de veras mal, o al menos se nos ha convertido casi en un
perfume al compararlo con el hedor intolerable de las cloacas
sanitarias
y de los abonos químicos.
Puede pués que le sea
difícil
ponerse a lavarse menos y rebelarse contra el Imperio de la Higiene, y
tendrá V. que ser prudente y morigerado en el progresivo
abandono
de las malas prácticas con que lo han costituido, en ir
devolviendo
la vida y el respiro a su piel martirizada. Incluso, si está V.
enfermo, puede que tenga que seguir usando la bañera a la manera
de aquellas viejas damas que, al enseñarles a las visitas el
cuarto
de baño instalado por primera vez en su domicilio, les
decían
señalando la bañera <<Y
esto, por si alguna vez (Dios no lo permita) caemos enferma alguna de
nosotras>>.
Que debían de ser las mismas que, murmurando que una
jóvenes
vecinas, rezongaban <<Esas
guarras, que se andan bañando cada día>>,
con mejor razón de la que creían ellas: pues sólo
la que no necesita limpiarse es limpia.
Puede, sí, que le cueste
mucho; pero
vale la pena -se lo aseguramos: vea lo que va a ganar con el progresivo
abandono de la saña limpiadora. No tendrá V. ya que
gastar
en desodorantes; y de paso, un día la Televisión no
podrá
ya más hacer su agosto pregonándole las mil maneras de
disimular
su olor. No se dará cremas solares, para no tener tampoco que
quitárselas;
ni otras cremas ni máscaras ni maquillajes, para no tener que
usar
las lociones limpiadoras de todo ello. ¡Hasta puede que un
día
se encuentre con unos labios que saben a labios y no a carmín,
con
una piel que sabe a vida y no a destilería ni polvera ni marca
comercial
ninguna!
¿Se da cuenta, la delicia que
le
proponemos? Descubrirá el placer de bañarse por gusto o
cuando
lo pida el calor o la tentación del agua. Ganará V.
cantidad
de tiempo libre, tiempo de aburrirse a pelo, sin hacer nada o, como
dice
el vulgo, tocándose lo que pueda, sin necesidad del intermedio
de
los
implementos sanitarios. Y con suerte, con constancia, si no está
V. demasiado enfermo de ducha y Dios (fervientemente le deseamos que
no),
llegará a descubrir que a lo mejor no huele mal. Puede incluso
que
descubra (¿imagina qué amor de los amores?) que hasta
olía
bien: que huele V. a mujer, a hombre, y que huele bien.
* Este texto, amablemente cedido por el autor
a la revista Archipiélago,
es el artículo nº 5 de la <Serie
de Noes> que se
publicó
en El País el 19 de abril de 1993. Las peculiaridades
ortográficas
responden al expreso deseo del autor.
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