| EL
MUNDO Y SUS DEMONIOS, de Carl Sagan.
En este libro, Carl
Sagan, confronta
el pensamiento de la razón al prejuicio y la
superstición.
La ciencia frente a la irracionalidad -ovnis, astrología,
brujería,
dogmatismo, apariciones...- . Al mismo tiempo denuncia la gran parte de
responsabilidad que tienen los gobiernos y los credos religiosos con la
ignorancia y la sumisión. Otro excelente libro de este
lúcido
y entretenido científico. Dionís
T.C.
<<Por el "sueño de Newton", el
poeta, pintor
y revolucionario William Blake parece referirse a una visión de
túnel en la perspectiva de la física de Newton, como
también
a la propia liberación (incompleta) de éste del
misticismo.
Blake encontraba divertida la idea de átomos y partículas
de luz y "satánica" la influencia de Newton en nuestra especie.
Una crítica común de la ciencia es que es demasiado
estrecha.
A causa de nuestra bien demostrada falibilidad, desestima, sin entrar
en
un discurso serio, un amplio espectro de imágenes inspiradoras,
nociones juguetonas, intenso misticismo y maravillas asombrosas. Sin
pruebas
físicas, la ciencia no admite a los espíritus,
ángeles,
diablos ni a los cuerpos dharma del Buda. Ni a los visitantes
extraterrestres.
(...) Si sueño que me
reúno
con un padre o un hijo muertos, ¿quién me va a decir que
no ocurrió realmente? Si tengo una visión de
mí
mismo flotando en el espacio y mirando a la Tierra, a lo mejor he
estado
allí realmente; ¿cómo algunos científicos,
que ni siquiera compartieron la experiencia, se atreven a decirme que
está
todo en mi cabeza? Si mi religión dicta que es palabra
inalterable
e inequívoca de Dios que el universo tiene unos cuantos miles de
años, los científicos, además de equivocarse, son
ofensivos e impíos cuando declaran que tiene unos cuantos miles
de millones.
(...) Una queja relacionada con ésta es
que la
ciencia es demasiado simple, demasiado "reduccionista"; imagina con
ingenuidad
que en el recuento final habrá sólo unas cuantas leyes de
la naturaleza -quizá incluso bastantes sencillas- que lo
explicarán
todo, que la exquisita sutileza del mundo, todos los cristales de la
nieve,
las celosías de las telarañas, las galaxias espirales y
los
destellos de perspicacia humana pueden "reducirse" a estas leyes. El
reduccionismo
no parece conceder un respeto suficiente a la complejidad del universo.
A algunos se les antoja como un híbrido curioso de arrogancia y
pereza intelectual.
(...) Pero el sistema solar marca mejor el tiempo
que
cualquier reloj mecánico y toda la idea de marcar el tiempo
viene
del movimiento observado del Sol y las estrellas.
Lo asombroso es que se pueda aplicar
una
matemática similar a los planetas y a los relojes. No
tenía
por qué ser así. No lo impusimos en el universo. Es como
es. Si esto es reduccionismo, qué le vamos a hacer.
Hasta mediados del siglo XX,
dominaba una
fuerte creencia -entre teólogos, filósofos y muchos
biólogos-
de que la vida no era "reducible" a las leyes de física y
química,
que había una "fuerza" vital, una "entelequia", un tao, un
maná
que hacía funcionar a los seres vivos y "animaba" la vida. Era
imposible
ver cómo meros átomos y moléculas podían
justificar
la complejidad y la elegancia, la adecuación de la forma a la
función,
de un ser vivo. Se invocaban las religiones del mundo: Dios o los
dioses
insuflaron vida, alma, en la materia inanimada. El químico del
siglo
XVIII Joseph Priestley intentó encontrar la "fuerza vital".
Pesó
un ratón justo antes y después de morir. Pesaba lo mismo.
Todos los intentos en este sentido han fracasado. Si hay alma, es
evidente
que no pesa nada; es decir, no está hecha de materia.
(...) Desde luego reducirlo todo a una "fuerza
vital"
no es menos reduccionista. Pero ahora está claro que toda la
vida
sobre la Tierra, todo ser vivo, tiene una información
genética
codificada en sus ácidos nucleicos y emplea fundamentalmente el
mismo código para ejecutar las instrucciones hereditarias. Hemos
aprendido a leer el código. En biología se usan las
mismas
docenas de moléculas orgánicas una y otra vez para una
mayor
variedad de funciones.
(...) El reduccionismo está incluso mejor
instalado
en física y química. Describirá más
adelante
la inesperada fusión de nuestra comprensión de la
electricidad,
el magnetismo, la luz y la relatividad en un solo marco de trabajo.
Hace
siglos que sabemos que un puñado de leyes
relativamente sencillas no sólo explican
sino
que predicen cuantitativamente y con precisión una variedad
asombrosa
de fenómenos, no sólo en la Tierra sino en todo el
Universo.
(...) Podríamos haber vivido en un
universo en
el que no se pudiera entender nada con unas pocas leyes sencillas, en
el
que la complejidad de la naturaleza superara nuestra capacidad de
comprensión,
en el que las leyes aplicables en la Tierra no fueran válidas en
Marte o en un quasar distante. Pero la evidencia -no las ideas
preconcebidas,
sino la evidencia- demuestra otra cosa. Por suerte para nosotros,
vivimos
en un universo en el que las cosas se pueden "reducir" a un
pequeño
número de leyes de la naturaleza relativamente sencillas. De
otro
modo, quizá nos habría faltado capacidad intelectual y de
comprensión para entender el mundo.
Desde luego, podemos cometer errores
al
aplicar un programa reduccionista de la ciencia. Puede haber aspectos
que,
por lo que sabemos, no sean reducibles a unas cuantas leyes
relativamente
simples. Pero, a la luz de los descubrimientos de los últimos
siglos,
parece una insensatez quejarse de reduccionismo. No es una deficiencia,
sino uno de los principales triunfos de la ciencia.
(...) Pero los principios en el corazón de
la
religión se pueden comprobar científicamente. Eso por
sí
solo hace que algunos burócratas y creyentes religiosos se
muestren
cautos ante la ciencia. ¿Es la eucaristía, como
enseña
la Iglesia, en realidad, y no sólo como metáfora
productiva,
la carne de Jesucristo, o -químicamente,
microscópicamente
y en otros aspectos- es sólo una hostia ofrecida por un
sacerdote?¿Será
destruido el mundo al final del ciclo de cincuenta y dos años de
Venus a no ser que se sacrifiquen humanos a los dioses?¿Le va
peor
a un judío no circuncidado que a sus correligionarios que acatan
la antigua alianza en que Dios pidió un trozo de prepucio a
todos
sus fieles varones? ¿Hay humanos que pueblan otros planetas
innumerables,
como enseñan los Santos del Último Día? ¿Es
verdad que los blancos fueron creados a partir de los negros por un
científico
loco, como advierte la Nación del Islam? ¿Dejaría
de levantarse el sol si se omitiera el rito del sacrificio hindú
(como se nos asegura que ocurriría en el Satapatha Brahmana)?
(...) Las tradiciones religiosas suelen ser tan
ricas
y variadas que ofrecen grandes oportunidades de renovación y de
revisión, especialmente cuando sus libros sagrados se pueden
interpretar
metafórica y alegóricamente. Hay pues un terreno medio
para
confesar errores antiguos, como hizo la Iglesia católica romana
al reconocer en 1992 que Galileo tenía razón, que la
Tierra
gira alrededor del Sol... con tres siglos de retraso, pero con
valentía
y la mejor recepción a pesar de todo. El catolicismo romano
moderno
no discute en absoluto el big bang, el universo de quince mil millones
de años, la emergencia de las primeras criaturas vivas de
moléculas
prebiológicas ni la evolución de los humanos a partir de
ancestros similares a los monos... aunque tiene opiniones especiales
sobre
la "dotación del alma". La corriente principal de la fe
protestante
y judía adopta también esta firme posición.
En discusiones teológicas con
líderes
religiosos, a menudo les pregunto cuál sería su respuesta
si la ciencia demostrara la refutación de un dogma de su fe.
Cuando
se lo planteé al actual Dalai Lama, el decimocuarto,
contestó
sin dudar ni un momento de un modo muy diferente al de los
líderes
conservadores o fundamentalistas. En este caso, dijo, el budismo
tibetano
tendría que cambiar.
(...) Moisés Maimónides, en su Guía
para perplejos, mantenía que sólo se podía
conocer
verdaderamente a Dios si se permitía un estudio libre y abierto
de la física y la teología (I,55). ¿Qué
pasaría
si la ciencia demostrase que el universo es infinitamente viejo?
Tendría
que revisarse seriamente la teología (II, 25). Ciertamente,
éste
es un descubrimiento concebible en la ciencia que podría refutar
a un creador... porque un universo infinitamente viejo no habría
sido creado nunca. Siempre habría estado allí.
(...) Me parece que en cada uno de estos casos,
religioso
o secular, salimos ganando si conocemos la mejor aproximación
posible
a la verdad... y si mantenemos la conciencia atenta a los errores
cometidos
por nuestro grupo de interés o sistema de creencia en el pasado.
En todos los casos, las consecuencias que se temen de un conocimiento
generalizado
de la verdad son exageradas. Y además, no somos lo bastante
sabios
para saber qué mentiras, o incluso qué matices de los
hechos,
pueden servir a un propósito social mejor, especialmente a largo
plazo.>> (Págs. 293-305)
Del libro: El mundo y sus demonios; Carl Sagan; Ed. Planeta,
1997.
-ÍNDEX
Más
texto de: EL MUNDO Y SUS DEMONIOS, de Carl Sagan.
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